Hoy queremos romper una lanza a favor de la memoria de todos aquellos fabricantes de latas, packs y demás envases de mil y un alimentos de los que hoy todos tenemos en nuestra casa. A priori, no existe problema alguno en este “pequeño gran universo” de las conservas, pero nada más lejos de la realidad, y así lo iremos viendo en las próximas líneas.

Las latas de conservas surgen como medio de preservar los alimentos ante la necesidad de evitar que todo aquello que resultaba perecedero se echara a perder en mucho menos tiempo del que tenemos previsto para su consumición. Así, gracias a estas conservas se favorece que tengamos alimentos almacenados durante meses, sin tener que recurrir a salazones, frío, ahumados o cualquier otro sistema de conservación artificial de los que la humanidad se ha servido durante generaciones para tener los alimentos en perfectas condiciones hasta el momento en el que se le hinque el diente.

Si buceamos un poco por ahí en busca de información, encontramos que la anatomía de una lata de estas características tiene tres piezas: tapa, cuerpo y fondo. Para su elaboración, se corta en sección una lámina de hojalata y se dobla para formar el cuerpo, el cual se suelda eléctricamente. Seguidamente, se conforma el rebordeado superior e inferior y se forman las nervaduras (también llamadas cordones) que darán resistencia a la lata. Por último, se aplica el fondo, quedando de este modo listo para envasar.

La lata de tres piezas se suele utilizar para todo tipo de conservas: pescado (atún, anchoas, mejillones, chipirones, etc.), encurtidos (pepinillos), vegetales (espárragos, pimientos, champiñones…), etc.

Ahora bien… ¿qué ocurre con todos aquellos sistemas de apertura que tienen las latas de conserva y que resultan tan difíciles? Antiguamente, las latas traían esa particular pestaña que resultaba necesaria para abrir con un “abridor”, incluido a menudo en la lata. Pero ocurría a veces que ese abridor sencillamente no estaba. No se trata de que se cayera durante el transporte o que la hubieran robado, sino que esa lata nunca había tenido un abridor y, por ende, difícilmente se iba a encontrar en el momento de apertura oficial del envase. Llegados a este punto, el futuro consumidor de la lata recurría a mil y un ardides para abrir la lata, como hacer palanca que un tenedor, pero como todo el mundo sabe, sin abridor es difícil conseguir eso. Los más persistentes iban a por unos alicates con los que tirar de la dichosa lengüeta, o rebuscaban en el cajón de la cocina uno de los inventos más buenos y, a su vez, peores de la humanidad: el abrelatas.

Un abrelatas consiste, básicamente, en un elemento creado en el infierno para que sólo unos pocos privilegiados puedan abrir la dichosa lata sin:

A) mancharse las manos con el líquido una vez abierta la lata.

B) sólo conseguir abrir un pequeño agujero porque el abrelatas no se mueve del sitio.

C) hacerse una herida en un dedo debida a un desliz con el abrelatas y que acaba con un amago de seccionamiento dactilar.

D) que se escurra la lata y termine a medio abrir en el suelo con todo el alimento perfectamente distribuido por media cocina.

E) que simplemente, el abrelatas sea malo y no se pueda abrir.

Ante eso, no existe solución posible, salvo utilizar otro abrelatas y rezar para que no sea amigo del anterior.

Otra solución es comprar esas latas que vienen con “abrefácil”, ese método pensado para que los vendedores de tiritas tengan dinero suficiente para llevar a sus hijos a la Universidad. No existe nadie en el mundo que no se haya cortado alguna vez con uno de esos abrefáciles… y si no lo ha hecho, tranquilos que lo hará, sólo es cuestión de tiempo.

Pero lo peor está por llegar. Imaginemos que ya hemos abierto esa lata, por ejemplo de espárragos. Una de las variantes de la Ley de Murphy aplicada al maravilloso mundo de las conservas dice que siempre que se abra una lata, se abrirá por el lado opuesto al que debería haberse hecho, independientemente de la posición de la etiqueta. Así que no vale fijarse en “abrir por este lado”, “este lado abajo” y letreros similares. Las latas son seres superiores que no dudan en darle la vuelta a los espárragos para que siempre estén al revés de cómo queremos encontrarlos.

Y suponiendo que toda esa pista americana de pruebas nos es favorable… todavía queda el reto de coger el alimento sin cortarse con esa cuchilla que es el borde de la lata. Sabemos que sería más fácil volcar la lata en un recipiente o utilizar una herramienta de las miles que existen en la cocina para sacar todo el paté, como el cuchillo de untar típico, pero a veces se nos antoja “rebañar” con el dedo y… Zas! Corte que te crió.

Por todo ello, hoy queremos lanzar nuestra propuesta para crear latas transparentes, en tetrabrik o de cualquier otra forma que no implique ese cilindro de metal maldito y que tantos quebraderos de cabeza trae al mundo desde su creación.